La sociedad civil frente a la hegemonía estatal. La praxeologia de los derechos humanos y la democracia subalterna. Comentarios a propósito de la obra del maestro Álvaro Márquez-Fernández

Civil society vs. State hegemony. The praxeology of human rights and subalternal democracy. Comments on the purpose of the work of master Álvaro Márquez-Fernández



Flor María Ávila Hernández
Universidad Católica de Colombia.
fmavila@ucatolica.edu.co



RESUMEN


Álvaro Márquez-Fernández es una de las voces más destacadas a nivel académico en toda Latinoamérica en todo lo referido al tema de la democracia, ya sea como crítico a las democracias representativas que se han deslegitimado y se han coaptado a los grandes intereses económicos internacionales, ya sea como defensor de la construcción de un nuevo paradigma democrático utópico que coloque a la sociedad organizada en un rol protagonista y a los derechos humanos como una herramienta esencial de la legitimidad política. El objetivo de este artículo es resaltar algunas de las ideas centrales de Márquez-Fernández, en particular su visión sobre la crisis de la democracia moderna, la necesidad de consolidar un nuevo modelo de democracia que él denomina “subalterna” que desde una perspectiva heredera de la praxeologia de los derechos humanos de Capozzi, pone su foco en el rol de la sociedad en la consolidación democrática a través de las luchas y reivindicaciones sociales. El artículo fue elaborado a través del análisis de diversos escritos doctrinarios de Márquez-Fernández a lo largo de la última década, con referencias a la obra de Capozzi. Igualmente se cita a Alonso Sánchez y a Beatriz Guardia. Analizando las ideas del profesor Márquez-Fernández podemos concluir que para lograr la transición de la democracia representativa a una democracia auténtica es necesario un despertar de la conciencia de los ciudadanos quienes a través de sus luchas y reivindicaciones han de conquistar los espacios públicos. A tal fin es esencial promover el pensamiento utópico, para romper con los esquemas actuales que proclaman el sistema actual como el mejor posible, para así emprender la búsqueda de una praxis democrática distinta y mejor que la actual.

Palabras clave: Democracia, democracia subalterna, democracia representativa, praxeologia, pensamiento utópico.

 


Recibido: Marzo 2019

Aceptado: Mayo 2019



ABSTRACT


Professor Álvaro Marquez is one of the most outstanding academic voices in all of Latin America in everything related to the issue of democracy, whether as a critic to the representative democracies that have failed the population and have sold themselves to foreign interests, either as a defender of the construction of a new democratic paradigm that puts organized society in a leading role and human rights as an essential tool. The goal of this paper is to signal some of Márquez-Fernández key ideas, particularly his views on modern democracy’s crisis, the need to consolidate a mew democratic model he called “subaltern”, which following a perspective heir of Capozzi’s human rights praxeology, put its eye in society’s role in the creation of the new democracy through its struggles. The paper was written through the analysis of several papers published by Marquez-Fernandez in the last decade, with references to the work of Capozzi, and other authors like Alonso Sanchez and Beatriz Guardia. After analyzing Márquez-Fernández ideas we can conclude that in order to achieve the transition from representative democracy to a true democratic system is necessary to awake the citizens’ conscience, who will be the ones who will conquer the public spaces through their fights and activism. To that end, is essential to promote the utopic thought, to break through the modern paradigms and start searching for a better democratic praxis.

Key words: Democracy, subaltern democracy, representative democracy, utopian thought, praxeology.

 


Introducción


El siglo XX fue una época de grandes cambios y renovaciones que rompieron con tradiciones milenarias y nos abrieron paso a nuevas etapas, principalmente con la irrupción del derecho internacional de los derechos humanos, no solo en el ámbito científico, sino en los aspectos sociales, políticos y culturales, al punto de poder afirmar que las transformaciones en estas esferas sin duda rivalizan con los grandes descubrimientos tecnológicos al momento de señalar el principal legado de esta era tan trascendental para la historia humana.

Así, mientras las tecnologías permitieron conectar al mundo, sea a través de los automóviles producidos en masa y los aviones que cruzaban océanos en horas, o a través de la telefonía y posteriormente el internet, las transformaciones políticas y sociales materializaron la aparición de las democracias en gran parte del mundo, a partir de la década de los años 50, el fin del colonialismo y el reconocimiento de los derechos humanos a nivel internacional. Mientras la tecnología nos permitió llegar a la luna, los movimientos sociales de liberación y emancipación libraron a millones de personas de cadenas que habían oprimido a pueblos por generaciones.

Sin embargo, pese a los grandes avances sociales, políticos y jurídicos, el escenario no es enteramente alentador. En primer lugar, porque el reconocimiento a nivel internacional de los derechos humanos no ha logrado impedir que tengan lugar situaciones donde éstos sean ignorados o vulnerados, muchas veces de forma sistemática, mientras el mundo sólo observa impotente o peor aún, mira al otro lado.

En este sentido, en la segunda mitad del siglo XX tuvieron lugar numerosos conflictos armados que dejaron un saldo de millones de víctimas civiles (la guerra de Vietnam, los conflictos armados en Centroamérica, la guerra entre las naciones de la antigua Yugoslavia, el genocidio de Ruanda, los conflictos en Sudan y las guerras en medio oriente –Irak, Afganistán, Siria- solo por mencionar algunos) que han evidenciado la ausencia de mecanismos efectivos en la comunidad internacional para la protección de los derechos humanos.

Pero quizás más preocupante aún es que en los países occidentales, que se jactan de ser los pioneros en lo referente al desarrollo social, viejos males como la desigualdad social y económica, la marginalidad y la discriminación entre otros, sigan siendo una realidad dolorosa para millones.

Lo anterior es particularmente evidente cuando observamos a Latinoamérica, donde pese a que la mayoría de las constituciones predican la igualdad, la justicia y la garantía de los derechos humanos, la realidad sociopolítica es que la mayoría de la población vive en la pobreza, incluida la extrema, con escasas posibilidades mejorar sus condiciones de vida, y donde la intervención extranjera y la colonización, entre otros factores geopolíticos, ha promovido una sucesión de crueles dictaduras que han servido a los grandes capitales trasnacionales.

En las últimas décadas, se ha consolidado el neoliberalismo como paradigma económico dominante, sistema que ha propulsado un proceso de globalización que se enmascara como una oportunidad de prosperidad económica global mientras esconde una filosofía que prioriza el beneficio económico de las élites frente al bienestar de la mayoría.

La filosofía del neoliberalismo concibe al ser humano solo en su dimensión económica, como homus economicus, de consumidor y no como un sujeto integral de derechos y pretende extender las ideas liberales referentes al mercado, a todos los aspectos de la vida humana, reduciendo el rol del Estado a un mero árbitro, policía o gendarme.

Peor aún, la misma noción de derechos humanos ha sido restringida bajo la filosofía liberal, reduciéndola a una dimensión individual y eliminando el aspecto colectivo de los derechos, debilitando entonces el poder de la sociedad civil, quien a través de sus luchas ha sido la responsable de que estos derechos no sólo hayan surgido, sino que hayan sido incorporados como piedras angulares en los sistemas jurídicos, principalmente en la parte dogmática de las Constituciones.

Todo esto se ha conseguido a través de un complejo sistema de control social que se fundamenta en lo que se ha denominado la “construcción del consenso” que busca manipular a la población mediante sofisticadas técnicas de propaganda para que acepten algo inicialmente no deseado (Chomsky y Herman, 1988).

El proceso de construcción del consenso tiene lugar en las sociedades occidentales donde la naturaleza inherentemente coercitiva del sistema capitalista y la lucha de clases e intereses a la que inevitablemente lleva, es oculta tras una apariencia de dialogo participativo y plural (Márquez-Fernández, 2008).

Se pretende encubrir la opresión y el dominio unidireccional que posee el Estado frente al individuo bajo la figura del consenso, lo que implica la simplificación de la violencia empleada para poder dar una imagen de tolerancia y persuasión a su discurso de representación social que permite la legitimidad política del sistema (Márquez-Fernández, 2018a).


El objetivo de este proceso no es otro que vender una falsa imagen de democracia, libertad y pluralidad ideológica, atrayendo a aquellos que están marginados u oprimidos por el sistema, ganando el apoyo que brinde la necesaria legitimidad al estado. Proceso que se realiza amparado bajo una supuesta racionalidad que está profundamente enraizada en la ideología capitalista y de la que los estados modernos se alzan como únicos representantes, eliminando la posibilidad misma de subversión del sistema que pasa a ser inherentemente irracional.

“La hegemonía colonial de la racionalidad moderna tiene sus causas en el modelo de una cultura de la producción y del consumo que tiene como objetivo primario de avanzada socio-política, la explotación de la naturaleza y del colectivo de seres humanos que se encuentran en la escala del modo de producción en condiciones de vida que resultan de la alienación económica. Los patrones de conducción social que se han producido para lograr la adhesión de las clases sub-alternas, por parte de las clases que han instaurado sus diversos sistemas institucionales para la consolidación de la hegemonía por vía del poder político legitimado en el estado neoliberal, se logran instaurar y perpetuar gracias a las prácticas ideológicas que emanan de la dirección cultural de la hegemonía. Esto implica un modelo de racionalidad que en todo momento ejerce presión sobre las conciencias sociales que se deben someter a los valores que hacen posible reproducir la cultura de control social que adoctrina a los sujetos sub-alternos.” (Márquez-Fernández, 2018b, p. 6).

Bajo este marco, las democracias modernas han sido secuestradas, pasando a ser poco más que una sucesión de eventos electorales donde la ciudadanía sólo tiene la ilusión de escoger y se ve despojada de cualquier poder real.

Lo anterior explica la proliferación del fenómeno de corrupción transnacional y el gobierno de élites oligárquicas que seducen con promesas y retórica a las grandes masas, que emplean líderes carismáticos que atraen el fervor popular hablando de cambio, de acabar con la corrupción, de satisfacer las necesidades de los ciudadanos. Cualquier energía contraria o disidente, cualquier descontento es prontamente canalizado al espacio electoral. Pero, una vez cerradas las urnas, los representantes electos se encuentran libres del control de los votantes y pueden mantener el estatus quo satisfaciendo a los grandes capitales que financian las campañas electorales, realidad que no podido corregirse, aun con la existencia de algunos controles como el juicio político o el referendo revocatorio.

No es sorpresa entonces que una característica común de nuestro Siglo XXI es la desilusión y apatía de la mayoría de la ciudadanía con respecto a la política, lo que se evidencia en el abstencionismo electoral, realidad de la mayoría de las democracias en América.

En algunos casos, ese escenario ha servido de caldo de cultivo para la aparición de movimientos populistas y de la antipolítica que han aprovechado el descontento social para lograr sorpresivas victorias electorales. Lamentablemente algunos de estos movimientos, en su mayoría populistas, tanto de izquierda como de derecha, han fallado en realizar transformaciones duraderas o estructurales, sobre todo por su carácter asistencialistas o cortoplacistas, colaborando en cambio a la regresividad de los derechos humanos de las mayorías de la población.

La gran interrogante de nuestro tiempo es cómo restaurar la praxis democrática, cómo facilitar los procesos de gobernanza, de empoderamiento de la sociedad civil, de construcción de ciudadanías, de reconstrucción de proyectos colectivos por el bien común, evitando la trampa del electoralismo para instaurar oligarquías o plutocracias.

Nuestro profesor Álvaro Márquez-Fernández, dedicó gran parte de su obra iusfilosófica y política, a analizar reflexivamente los sistemas democráticos actuales en la cual muchos de ellos se han convertido en escenarios para la perpetuación de la hegemonía del Estado sobre los ciudadanos, como formas de biopolítica, del control del Estado sobre la vida de las personas.

Como una de las principales voces del pensamiento antihegemónico y emancipador en Latinoamérica, el Maestro Álvaro desarrolló las ideas de la democracia subalterna, como una praxis democrática alternativa para la transformación de los sistemas políticos actuales, principalmente en nuestra América.


Es indudable que las democracias representativas modernas están inmersas en una crisis de legitimidad, algo que en sí mismo se presenta como una contradicción a la idea misma de un sistema democrático, toda vez que la carencia de legitimidad implica el rechazo y la impopularidad de un sistema que por definición descansa sobre la base del apoyo popular, del consenso, del diálogo y de la participación, lo que lleva a plantearse si un sistema que enfrenta una crisis de esta naturaleza aún pueda tildarse de democrático.

“Esta crisis cada vez más estructural de la democracia liberal tiene su fundamento en una desarticulación ideológica cuyo vencimiento en el tiempo es cada vez más inmediato, y que será tarea del discurso político manejar una pedagogía que permita inducir comportamientos de adhesión a los principios formales y universales de la perfectibilidad democrática, sólo si todos se reconocen incluidos en los procesos de participación que se promueven desde la representación social de la ideología” (Márquez-Fernández, 2013, p. 71).

La democracia subalterna hace referencia a una práctica democrática donde la sociedad civil juega un rol central en la vida política, que no se reduce únicamente a su participación en elecciones, sino que se traduce en una participación continua en la formación de consenso y la toma de decisiones políticas, a través de diversos mecanismos, pero principalmente reconociendo el valor de los movimientos sociales que luchan por la reivindicación de derechos, que se oponen a la arbitrariedad, al autoritarismo y a la hegemonía de un Gobierno que dice representarlos, pero no los incluye ni los determina.


Como señala Sánchez, al analizar el pensamiento de Márquez-Fernández:

“una democracia práctica de movilidad subalterna requiere discutir los problemas comunes desde parámetros diferentes para construir una democracia de coparticipación directa, que se traduzca en la consecución de formas de convivencia más plurales, justas, equitativas y de buen vivir que se identifiquen con valores para hacer de la política un lugar de reconocimiento y de vida en común... Se refiere a prácticas sociales insurrectas que forjan una subjetividad de la vida cotidiana de la democracia pública que se va apropiando de una autonomía subalterna, una comunidad subjetiva de intereses comunes con el otro que permite reconocer que la dimensión de la eticidad pública se encuentra asociada a la práctica de la libertad y de la justicia.” (Sánchez, 2018, p. 329).

Alcanzar la consolidación de este nuevo modelo democrático es la única salida de la crisis de las democracias actuales, donde el sistema representativo ha dado pie a democracias formales y no sustanciales, a democracias de apariencias y no de hechos, donde los políticos ignoran la voluntad popular y la ciudadanía no tiene otra alternativa más que acudir a elecciones y votar por otros partidos o líderes políticos que continuarán la labor de sus antecesores, que probablemente desconocerán la voluntad de la población, configurando un ciclo perverso e interminable que dista mucho de los valores y principios que deben guiar una sociedad verdaderamente democrática.

A su entender, para construir esta nueva praxis democrática es necesario empoderar e involucrar a la sociedad civil para que tome un rol activo, emancipador y continuo en la praxis democrática y en la vida política. Un rol que asegure el control de la ciudadanía de su propio destino, que rompa con la hegemonía estatal que lo ha excluido, coaptado y pretende hablar por él. Y la construcción de ese rol, inicia con el papel que juega la sociedad civil en la defensa de los derechos humanos, frente a las violaciones, agravios y abusos del poder de los Estados.

Entonces se realizará, para los fines de este trabajo, una introducción a la praxeologia de los derechos humanos, se hará un recorrido por los presupuestos de la democracia falsa y de la hegemonía estatal, así como se describirán las bases teóricas de la democracia subalterna y el rol de la sociedad civil en la praxis democrática.


Los derechos humanos y la sociedad civil. Un enfoque desde la praxeologia


Con el advenimiento de los derechos humanos al mundo jurídico, que empieza con la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1798 (Asamblea Nacional Francesa, 1978), y de allí atraviesa un proceso de paulatino reconocimiento hasta su irrupción definitiva que tiene lugar con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas (1948), para posteriormente ser adoptados por los grandes instrumentos declarativos de los sistemas de derechos humanos regionales, ha surgido un debate académico y jurídico concerniente a los aspectos teóricos que fundamentan estos derechos.

Diversas tendencias han aparecido dentro de este debate doctrinal. Entre estas podemos mencionar, siguiendo a Ávila Hernández, la teoría escéptica o pragmática de Norberto Bobbio que afirma que encontrar una fundamentación teórica para los derechos humanos no sólo es imposible sino innecesario; la tesis intuicionista de Jacques Maritain, heredera del iusnaturalismo, según la cual la ley de la razón está inscrita en el corazón de los hombres; la tesis ontológica, según la cual los derechos derivan de la propia naturaleza humana, y se descubren a través de la razón; la teoría institucionalista, que afirma que los derechos se originan en el acuerdo o pacto entre los hombres sustentado en reglas y en la práctica social; y la corriente utilitarista de Lyons, que sostiene que la fundamentación de los derechos reside en su valor o beneficio que reportan para el bienestar común (Ávila Hernández, 2004).

Frente a todas estas tendencias, una nueva ha emergido en las últimas décadas, cuyo máximo representante ha sido el maestro italiano Gino Capozzi (1998) en la llamada escuela praxeológica napolitana. Esta escuela ha desarrollado la llamada praxeologia de los derechos humanos.


El Maestro Capozzi es heredero de una vasta tradición filosófica napolitana, influenciada por grandes maestros como Cammarata, Capograssi y Piovani, del mismo modo por Croce con su denegatio y Gentile. Igualmente, es cultor de la tradición filosófica europea del siglo XIX, con énfasis en las escuelas fenomenológicas y existencialistas.

Con respecto a la praxeología, en su acepción moderna, proveniente de Alfred Espinas, es considerada como el estudio de la acción humana, partiendo de la noción de que los seres humanos realizan actos intencionales (Ostrowski, 1967).

La praxeología en su desarrollo por el Maestro Capozzi, presenta una mezcla heterogénea de fuentes, desde el marxismo de Gramsci y Gentile (la “filosofía de la praxis”) al historicismo de Dilthey, pasando por el existencialismo de Heidegger y en particular la fenomenología de Husserl (Ávila Hernández, 2004).

De este último, Capozzi (1998) incorpora muchos elementos semánticos, pero transformando la concepción original husserliana a la que introduce una dinámica, un movimiento y un sentido de historicidad. Así el fenómeno de Husserl se traduce en Capozzi como un “Praxeómeno”, “el resultado de la praxis como intencionalidad de modificación objetiva de los pragmatas” (el pragmata es el objeto o sujeto involucrado en la modificación objetiva de la praxis).

Siguiendo a Ávila Hernández (2004) desde la perspectiva praxeológica, los praxeómenos se identifican con las fuerzas, leyes y poderes, producidos por la interacción y retroalimentación entre los sistemas de las instituciones, tales como derecho, Estado, sociedad, y los sistemas del hombre, que Capozzi identifica como vitalidad, cultura, instituciones, respectivamente.

La praxeologia termina entonces constituyéndose en una teoría de los sistemas del hombre y sus instituciones, la cual no se termina en una dimensión objetiva, sino que abarcan principalmente la subjetividad de los agentes involucrados, que salen transformados por la acción de la praxis.


Los derechos humanos involucran la interacción de los sistemas del hombre con los sistemas de las instituciones. Son por tanto praxeómenos, que Capozzi identifica como poderes. En sus propias palabras, Capozzi define a los derechos humanos como:

«Los poderes que en la sucesión temporal y en la extensión espacial destacan el ritmo de la emancipación del individuo como persona y como comunidad, en la gradual adquisición de la conciencia de su ser en el mundo, en correspondencia con el reconocimiento en el ordenamiento normativo que establece obligatoriamente la tutela y la garantía para el disfrute y la utilización de estos fundamentos jurídicos luminosos, en el acuerdo para las instituciones de los programas de la vida en com