Populismo y neopopulismo en la Revolución Bolivariana

Populism and neopopulism in the Bolivarian Revolution



José Gregorio Petit Primera
PostDoctorado en Ciencia Política. Doctor en Ciencia Política. Maestría en Economía Internacional, donde ocupó el puesto No.1 en su promoción de graduación. Economista con la mención honorífica Magna Cum Laude y Premio Máxima Calificación en 2008. Premio al mérito estudiantil por la Alcaldía de Maracaibo en 2008. Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Diplomado en Formación Docente. Adscrito al Departamento de Ciencias Económicas y Administrativas, Universidad Simón Bolívar (USB). Caracas, Venezuela.
josepetit@usb.ve



RESUMEN


Este trabajo tiene como objetivo fundamental verificar si en la Revolución Bolivariana están presente elementos teóricos de lo que estudiosos de la ciencia política denominan populismo, y más recientemente neopopulismo. En ese sentido, se utilizó una metodología a través de una investigación de carácter descriptiva mediante el uso de fuentes primarias, de autores como Weyland (2003), Koeneke (2003), Conniff (2003), Vilas (2003), Arenas (2005), Laclau (2005), Ugalde y González (2007), Freidenberg (2007), Panizza (2009), Hawkins (2010), Sánchez (2010) y De la Torre (2010). Los hallazgos demuestran existencia de rasgos de ambas categorías políticas: predominio del personalismo político, discurso de confrontación amigo-enemigo, el carácter redistributivo, la concentración del poder estatal, la destrucción o inutilización de fuentes productivas y la anulación del mercado como principal actor en la asignación de recursos, la vuelta hacia un Estado empresario, y un predominio del discurso ideológico sobre las buenas medidas de política económica encaminadas a evadir la pobreza y solucionar las diversas inequidades sociales. Todo ello enmarcado en un modelo político del “Socialismo del Siglo XXI”. Una característica clave del neopopulismo es el surgimiento de un líder outsider emergente, sin ataduras o dependencia de los partidos tradicionales, tal como fue el caso del fallecido presidente Hugo Chávez Frías.

Palabras clave: Populismo, neopopulismo, Revolución Bolivariana, Socialismo del Siglo XXI, líder outsider.

 


Recibido: Marzo 2019

Aceptado: Abril 2019



ABSTRACT


This work has as its fundamental objective to verify if in the Bolivarian Revolution there are present theoretical elements of what political science scholars call populism, and more recently neopopulism. In this sense, a methodology was used through a descriptive research through the use of primary sources, from authors such as Weyland (2003), Koeneke (2003), Conniff (2003), Vilas (2003), Arenas (2005), Laclau (2005), Ugalde and González (2007), Freidenberg (2007), Panizza (2009), Hawkins (2010), Sánchez (2010) and De la Torre (2010). The findings demonstrate the existence of features of both political categories: predominance of political personalism, friend-enemy confrontation discourse, the redistributive character, the concentration of state power, the destruction or uselessness of productive sources and the cancellation of the market as the main actor in the allocation of resources, the return to an entrepreneurial state, and a predominance of ideological discourse on good economic policy measures aimed at evading poverty and solving various social inequities. All this framed in a political model of "Socialism of the XXI Century". A key feature of neopopulism is the emergence of an emerging outsider leader, without ties or dependence on traditional parties, such as the case of the late President Hugo Chávez Frías.

Key words: Populism, neopopulism, Bolivarian Revolution, Socialism of the XXI Century, outsider leader.

 


Introducción


Definir populismo continúa siendo una asignatura pendiente en el estudio de la política latinoamericana, aunque éste retorna con frecuencia a las agendas de investigación. El intento de desarrollar el concepto de populismo como categoría de estudio plantea altos niveles de dificultad en su uso como herramienta heurística (Dockendorff y Kaiser, 2009). Los diferentes enfoques sobre el fenómeno provienen de diversas áreas en secuencias históricas distintas, por ello parte de la literatura plantea el populismo como un fenómeno político sin contenido doctrinario preciso, lejos de una categoría política con características claramente definidas. En ese sentido, el populismo sigue siendo un puente de abordaje útil en el estudio de la política en la región, y por esta razón algunas teorías y criterios de análisis proporcionados por la Ciencia Política desde Europa Occidental y Estados Unidos resultan difícilmente exportables para el estudio de la democracia en América Latina, mientras el populismo nos entrega pistas sobre el proceso político en países como Venezuela y otras democracias cuyos precarios niveles de institucionalización favorecen la emergencia de outsiders potencialmente populistas (Hawkins, 2010). El análisis del neopopulismo puede resultar aún más complejo, dada la contemporaneidad de su emergencia y la menor perspectiva histórico-comparativa, ‘’por lo que el término también ha dado pie a una utilización indiscriminada’’ (Sánchez, 2010). A pesar de ello, Conniff (2003) sugiere un interesante marco cronológico para situar temporal y conceptualmente algunas sub-categorías de populismo y neopopulismo.

En Venezuela surge el neopopulismo a partir del ascenso al poder de Hugo Chávez. En este contexto, esta investigación propone como objetivo determinar si en la Revolución Bolivariana1 están presentes aspectos o elementos teóricos de la ciencia política sobre el populismo, y más recientemente neopopulismo. En ese sentido, la metodología utilizada fue una investigación de carácter descriptiva, mediante el uso de fuentes primarias. La pregunta central que intenta responder este trabajo es la siguiente: ¿en qué medida los atributos teóricos de las categorías políticas populismo y neopopulismo están presentes en la Revolución Bolivariana?


Populismo histórico o clásico. Conceptualización y rasgos característicos


En Latinoamérica, la vertiente clásica del populismo tiene lugar en la década de 1940. Surge como una respuesta a las nuevas demandas económicas, sociales y políticas tras las migraciones campo-ciudad. Hacia la década de 1960 el concepto había ampliado tanto hasta llegar a asociarse con ideologías, estratos sociales, políticas públicas y agrupaciones específicas. En ese sentido, Koeneke (2003) destaca lo siguiente:

La génesis del fenómeno populista ha sido trazada al período de la entre guerra, cuando las naciones del continente iniciaron la búsqueda de un nuevo modelo económico y político que reemplazara al entonces vigente. Este consistía básicamente, en lo económico, en la dependencia o sujeción a las exportaciones de materias primas y a la importación de bienes intermedios y finales, así como en la influencia predominante de los sectores agropecuarios y exportadores en el ámbito político. Con las guerras mundiales y la Gran Depresión, ese esquema, llamado “dependencia clásica”, dio paso a políticas de industrialización por sustitución de importaciones, promovidas por líderes emergentes y por organizaciones políticas nuevas, entre quienes figuraron Getulio Vargas en Brasil, Juan Domingo Perón y el Movimiento Justicialista en Argentina, Víctor Raúl Haya de la Torre y el APRA en Perú, Acción Democrática (AD) en Venezuela y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en Bolivia. Estos actores se caracterizaron por posturas y discursos marcadamente nacionalistas-anti-imperialistas y reivindicativos, así como el énfasis en la movilización y organización de los sectores sociales hasta entonces excluidos, con el fin de conformar coaliciones políticas capaces de garantizarles una sólida base de apoyo La retórica inflamada, maniquea y a menudo demagógica se convirtió desde entonces en el sello distintivo de los populistas latinoamericanos. (p.9).

El populismo es un concepto controvertido en muchos sentidos. Para Laclau (2005) es la mejor forma de organización política, porque da mayor lugar y representatividad a clases sociales relegadas, por consiguiente; para este autor, el populismo es de las formas republicanas la mejor posible, debido a una mayor participación de grupos sociales en la pugna por el poder y los recursos. En efecto, los politólogos durante muchos años han trabajado para darle una definición significativa y precisa a esta categoría política. Por su parte, Romero (1986) ve el populismo como un tipo de movimiento caracterizado por un conjunto de concepciones sobre la y el estilo de ejercer el liderazgo. El académico puntualiza además:

Dicho de otra manera, el concepto de populismo tiene un contenido histórico político y un aspecto ideológico. Históricamente, a partir de la década del 40, el populismo latinoamericano ha representado el intento -generalmente dirigido por la clase media- de conjugar esfuerzos de varios sectores sociales para crear un sistema político de amplia participación y una economía industrializada, capaz de satisfacer las aspiraciones tanto del trabajo como del capital (p.20).

Dornbusch y Edwards (1992) señalan tres características en torno a una definición del populismo, a saber: la movilización política, la retórica recurrente y los símbolos destinados a inspirar al pueblo, sobre la base de una coalición heterogénea donde predomina la clase trabajadora, incluye también a la vez sectores importantes de los estratos medios y altos como dirigentes. Para estos autores el populismo implica un conjunto de políticas reformistas para promover el desarrollo sin provocar un conflicto clasista explosivo, donde los programas populistas responden normalmente a los problemas del subdesarrollo ‘’al expandir el activismo estatal para incorporar a los trabajadores en un proceso de industrialización acelerada, mediante medidas de mejoramiento de la distribución’’ (p.218).

Específicamente, el populismo entendido como un estilo estratégico o como una forma de hacer política, según Roberts (1999) posee cinco atributos definitorios 1. Un patrón de liderazgo político personalizado2 y paternalista (no necesariamente carismático); 2. Coalición de apoyo multiclasista basada en los sectores populares, sean éstos urbanos (sindicalizados o informales) o rurales; 3. Forma de movilización política vertical (es decir, de “arriba-abajo”), mediante la cual se sortean o subordinan mecanismos convencionales de mediación política; 4. Ideología ecléctica y anti-establishment; y 5. Uso sistemático y expandido de métodos redistributivos y clientelares como instrumento político para generar apoyo entre los sectores populares. Entretanto, Weyland (2003), Conniff (2003), Freidenberg (2007) y De la Torre (2010) coinciden en líneas generales esta categoría política presenta los siguientes rasgos: 1. Líder carismático con atributos de características excepcionales. 2. Relación directa líder-electorado. 3. Dependencia de la movilización de amplios segmentos de la población (masas). 4. Relación ambigua con la democracia: apela al voto y rechaza intermediación de instituciones representativas 5. Retórica maniquea: ‘’apela’’ al “pueblo” y resalta el conflicto "friend versus foe". 6. Voto y movilización pública como medio de legitimación. 7. Prácticas clientelares y de patronazgo.

En las tradiciones marxista y de la teoría de la dependencia ha existido la inclinación a entender el populismo como un movimiento político compuesto por actores y bases multiclasistas correspondientes a la etapa de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI). Desde un enfoque estructuralista, Vilas (2003) definió el populismo como una modalidad de acumulación de capital que emana de una configuración determinada de la estructura productiva de la sociedad. Para este autor, el populismo correspondería con la etapa primaria del desarrollo de la industria nacional y la priorización del consumo interno sobre la base de la consolidación del mercado nacional, en fase con la movilización y manipulación de las masas bajo la organización clientelar y la represión de las mismas, utilizando una ideología de la armonía y conciliación social, símil a la pretensión liberal, pero con la diferencia la armonía no es entre individuos sino entre clases sociales.

Paniza (2009) ve en la democracia y el populismo dos categorías compatibles, por consiguiente, el populismo no es ni la forma más elevada de democracia ni su enemigo, “sino más bien un espejo en el cual la democracia se puede contemplar a sí misma, mostrando todas sus imperfecciones, en un descubrimiento de sí misma y de lo que le falta" (p.59). En cuanto al discurso populista, este autor lo describe como un modo de identificación política disponible para cualquier actor político en un campo discursivo en el que la noción de soberanía popular y su inevitable corolario, el conflicto entre dominados y dominantes, son parte central del imaginario político.


Populismo y petróleo en Venezuela: ¿Dos caras de la misma moneda?


Rómulo Betancourt (1978) denominó a su obra literaria más relevante ‘’Venezuela, política y petróleo’’3. La principal idea de este texto es que no es posible entender la realidad política venezolana sin el mecanismo de distribución de la renta petrolera. Es decir, política y petróleo van juntos de la mano en la historia política venezolana durante la mayor parte del siglo XX. Posteriormente, Romero (1986) señala dos factores claves para explicar el proceso evolutivo de la democracia venezolana: petróleo y populismo 4. Y refiere al respecto:

(…) El petróleo nos ha dado en apariencia la posibilidad de crecer aceleradamente y atacar a la vez numerosos problemas de toda índole en lo social, económico y político, sin que para ello haya sido indispensable realizar los esfuerzos de productividad, organización, ahorro e innovación que han caracterizado el desarrollo de naciones avanzadas en otras regiones del mundo…Dicho de otra manera, la riqueza derivada del petróleo abrió una gama de alternativas para el desarrollo democrático nacional durante los pasados 25 años; de ese conjunto de posibilidades el liderazgo político y económico nacional ha escogido consistentemente una línea de acción de tipo populista que es un última instancia la que ha moldeado los perfiles más nítidamente definidos de nuestra democracia (p.18).


En el análisis de Corrales y Penfold (2012), la Revolución Bolivariana ha enfocado su economía política en el mecanismo de distribución de la renta petrolera financiado por los mayores precios del petróleo de la historia, lo cual ha permitió el crecimiento del Estado y la casi desaparición del sector privado. Al respecto, Koeneke (2016), sostiene que el discurso de Hugo Chávez durante la campaña electoral de 1998, centrado en la supuesta lucha terminal entre su “polo patriótico” y la “corruptocracia puntofijista”, caló hondamente entre diversos sectores sociales desencantados con la gestión de gobiernos anteriores y, especialmente, entre los estratos más pobres de la población, quienes aspiraban a ser reivindicados con los recursos del pueblo, por eso en concordancia con sus promesas electorales, la gestión de Chávez se orientó a favorecer el uso de la renta petrolera en el gasto social. Más adelante, Koeneke argumenta:

La derrota del oficialismo en los comicios parlamentarios del 6 de diciembre de 2015, el creciente descontento popular manifestado en recurrentes protestas callejeras y detectado por las encuestas de opinión pública, así como el persistente desabastecimiento de numerosos y diversos productos han llevado al gobierno no solo a profundizar su discurso sobre una supuesta guerra económica aupada por la “oligarquía” y el “imperialismo”, sino además a adoptar decisiones para, en palabras del Presidente Maduro, ir “sustituyendo al petróleo como única fuente de divisas internacionales”. Las concesiones en el Arco Minero del Orinoco, según él, servirían para reducir el rentismo petrolero en Venezuela. Lo que no ha admitido de manera explícita es que se estaría transitando de ese rentismo petrolero hacia un rentismo minero (p.8).


La economía política del populismo


Dornbusch y Edwards (1992), ven en el populismo económico una actitud ante la economía que enfatiza ‘’el crecimiento económico y la redistribución del ingreso y minimiza los riesgos de la inflación, del déficit de las finanzas públicas, de los limitantes externos y de las reacciones de los agentes económicos ante las políticas radicales violadoras de las leyes del mercado” (p.20). Para estos investigadores, los gobernantes populistas una vez en el poder comienzan a aplicar ambiciosos programas económicos para intentar redistribuir el ingreso, generar empleo y acelerar el crecimiento. Sin embargo, aunque cada episodio populista real exhibe ciertas características peculiares, Dornbush y Edwards distinguen cinco (5) fases comunes a la gran mayoría de las experiencias populistas en América Latina:

Fase 0: (el origen): La economía ha venido transitando por un periodo de estancamiento o crecimiento lento y se han profundizado las desigualdades en la distribución del ingreso lo cual, aunado al descontento generalizado, abona el terreno para el programa populista. Fase I: En la primera fase, los gobernantes ven plenamente confirmados su pronóstico y su prescripción: se elevan la producción, los salarios reales y el empleo, y las políticas macroeconómicas tiene gran éxito. Los controles aseguran que la inflación no sea un problema, y las importaciones alivian la escasez. La disminución de los inventarios y la disponibilidad de importaciones (financiadas mediante la desacumulación de las reservas o la suspensión de los pagos externos) absorben la expansión de la demanda con escaso efecto en la inflación. Fase II: Se crean cuellos de botella en la economía debido en parte a una fuerte expansión de la demanda de bienes nacionales y en parte a una creciente falta de divisas. Mientras que la reducción de los inventarios fue un aspecto esencial de la primera fase, los bajos niveles de los inventarios y su reposición constituyen ahora una fuente de problemas. Se hacen necesarias las correcciones de los precios y la devaluación, el control de cambios o el proteccionismo. La inflación aumenta de manera significativa, pero los salarios se mantienen. El déficit presupuestario empeora enormemente como resultado de los subsidios generalizados a los bienes de consumo básico y las divisas. Fase III: La escasez generalizada, la aceleración extrema de la inflación y una obvia deficiencia de divisas, condujeron a la fuga de capital y la desmonetización de la economía. El déficit presupuestario se deteriora violentamente a causa de un importante descenso de la recaudación fiscal y el aumento de costos de los subsidios. El gobierno intenta estabilizar reduciendo los subsidios y efectuando una depreciación real. Los salarios reales bajan drásticamente y la política se torna inestable. Se evidencia que el gobierno se encuentra en situación desesperada. Fase IV: La estabilización ortodoxa se realiza en nuevo gobierno. Con frecuencia se aplicará un programa del FMI, y cuando todo haya terminado, el salario real habrá bajado hasta un nivel significativamente menor que el prevaleciente cuando se inició todo el episodio. Además, esa declinación será muy persistente, porque la política y la economía del experimento habrán deprimido la inversión y promovido la fuga de capital. Lo extremoso de las declinaciones de los salarios reales se debe a un hecho sencillo: el capital es móvil a través de las fronteras, pero la mano de obra no lo es. El capital puede huir de las malas políticas, pero los trabajadores están atrapados. El desmantela